A lo largo de la historia diversos autores han lanzado numerosas hipótesis acerca del lugar de nacimiento de estos valientes cristianos. El calagurritano Pedro Gutiérrez se esforzó buscando pruebas que corroborasen su afirmación de que los Mártires eran oriundos de Calahorra, sin duda en un afán de sentir todavía más cercanos los Santos Patronos, hacia los que profesaba un gran respeto y devoción. Su investigación aportó la luz necesaria para aclarar la cuestión y aunque la “Pasión de San Emeterio y San Celedonio”, compuesta ya en el siglo VIII, nos asegura que procedían de León, un análisis exhaustivo de los documentos permite concluir que los legionarios estaban estacionados en tal fortificación, si bien habían nacido en Calahorra, ciudad que también fue testigo de su ascensión a la vida inmortal de santidad que alcanzaron al ser martirizados en las orillas del Cidacos. Ambos hechos han otorgado a los calagurritanos el derecho de albergarlos en su corazón y rendirles culto por el modelo de corage y lealtad que proporcionaron para los futuros habitantes de la ciudad.

Hijos de un centurión romano, los dos hermanos habían seguido los pasos de su padre al alistarse bajo el servicio de las huestes romanas, donde estuvieron encargados de portar los estandartes de la Legión Gemina VII a la que pertenecían y que los apartó de Calahorra durante un tiempo. En aquellos años (finales del siglo III, principios del siglo VI de nuestra era), el Imperio Romano al que defendía, entre muchas otras, su legión ya había perdido parte del gran fausto y esplendor que le había caracterizado en épocas precedentes. Observando el discurrir de los acontecimientos, los hermanos pudieron darse cuenta de que la larga lista de personajes que se habían ido sucediendo en el trono romano gozaban de sus triunfos tan sólo gracias a un sinfin de traiciones a través de las que se infligían no menos sufrimientos sobre el pueblo. Envuelto en esta situación, Diócletes, más conocido como emperador Diocleciano, olvidando quizá que su padre era un liberto dálmata, clamaba ser una reencarnación del mismo Júpiter y, lleno de ira contra los cristianos que habían osado hacer la señal de la cruz en su presencia, había promulgado un edicto contra ellos en el que dictaba su persecución. El ansia de poder y reconocimiento que cegaba al emperador le había llevado, como en los tiempos de Decio, al recrudecimiento de las injusticias cometidas contra los seguidores de Cristo. Ante estos hechos, cansados probablemente de la vanidad y falsedad de la forma de vida promovida por los gobernantes del Imperio, nuestros dos heroicos legionarios de Cristo, que ya no al servicio de la corrupta Roma, siguieron también los pasos de su padre, San Marcelo, y lejos de amilanarse por el eminente peligro que suponía la profesión de la fe cristiana, no dudaron en proclamarla sin pudor ni temor alguno, lo que les llevó a reunirse nuevamente con la comunidad cristiana de su Calahorra natal.

Hijos de un centurión romano
Hijos de un centurión romano

Instruidos en las creencias de su progenitor, los dos hermanos eran miembros de una de las comunidades cristianas más antiguas de España que, llegada a la región procedente de los focos cristianos del norte de África, se había extendido por distintos puntos del valle del Ebro como Zaragoza, Alfaro, Varea y la propia Calahorra. De entre las doctrinas escuchadas por los valientes legionarios, quedó grabada en su corazón con una fuerza especial aquella de que “Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto” (Mt 4, 10), por lo que no dudaron en retirar la tela del estandarte que indicaba su pertenencia a la Legión Gemina VII para dejar al descubierto un asta en forma de cruz con la que, al alzarla, proclamaron abiertamente el orgullo que sentían por ser siervos del Dios verdadero, una confesión que les costó la vida pero que, al mismo tiempo, abrió sus puertas al cielo y los inmortalizó como los Mártires a los que generaciones de cristianos veneran desde entonces con fervor.

Fieles a sus creencias, soportaron el presidio en la cárcel ubicada en la antigua Casa Santa (hoy derruida) y padecieron un sinfín de torturas de tal crueldad que hizo sentir vergüenza a sus propios verdugos, quienes destruyeron las pruebas de los terribles castigos que habían impuesto sobre los estoicos cristianos para impedir que llegasen a conocimiento público. Retomando la historia, tras sufrir un auténtico calvario, que no disuadió a los jóvenes de mantener su lealtad al Rey de los Cielos, los soldados condujeron a Emeterio y Celedonio fuera de las murallas de la ciudad que defendían a sus habitantes de la amenaza de los francos y los alamanes, y en el descampado que había a orillas del río Cidacos, los devotos legionarios vencieron a sus verdugos al ofrecer su existencia terrenal como el sacrificio necesario para nacer a una vida nueva al amparo de Nuestro Señor. Así, un día V de las Nonas de Marzo de los comienzos del siglo IV de nuestra era, la comunidad calagurritana vio cómo, antes de que la espada del verdugo abriese a los dos hermanos el camino hacia la eternidad, éstos daban testimonio de su amor a Dios. Como último gesto, Emeterio arrojó a lo alto su anillo, simbolizando su compromiso con Dios, y Celedonio lanzó su pañuelo, como una prenda con la que dedicar sus acciones al Rey Celestial. Los presentes fueron testigos del legendario milagro según el cual las ofrendas de los Mártires ascendieron para ser acogidas en el cielo, sirviendo de llave para abrir las puertas hacia el Santo destino de los legionarios.


Bahía de Santander

La tradición continúa narrando el largo peregrinaje de las cabezas de los dos hermanos que, transportadas por la corriente del río Cidacos llegaron al caudaloso Ebro, desde el que siguieron un difícil recorrido hasta alcanzar tierras cántabras.

Según narra una de las tradiciones, al llegar a la desembocadura del calagurritano “Señor de los meandros”, las Santas Cabezas, impulsadas por la santidad de Emeterio y Celedonio, remontaron el curso del Ebro.

Otra tradición continúa el relato informando sobre cómo las aguas del Ebro escoltaron a las Santas Testas hasta el Mediterráneo, a través del cual, mecidas por sus olas, bordearon la costa española hasta Sevilla, donde un barco cántabro las recogió para, tras un largo viaje, depositarlas en la Peña Horadada (en la actual Península de la Magdalena), que se abrió para dar paso a la nave que transportaba a los que desde entonces serían Santos Patronos de la futura ciudad de Santander, nombrada así en su honor del primero de los hermanos.

Ambas tradiciones explican el porqué de la existencia de las Santas reliquias con los cuerpos de los Mártires en Calahorra, mientras que las correspondientes a sus Cabezas se hallan en la capital de la Bahía Santanderina.

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Reliquias de los Santos Mártires de Santander
Himnos dedicados a San Emeterio y San Celedonio
 
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